Igualdad y diferencia para un mundo compartido de celebración nupcial

8 marzo, 2021

El feminismo nació bajo el clamor de protesta por la discriminación milenaria contra la condición femenina, y a lo largo de las décadas ha ido perdiendo y recuperando matices, y generando complejidades terminológicas. Necesitamos afirmaciones lúcidas como la de Ángela Aparisi Miralles, cuando afirma: “La categoría de la igualdad hombre-mujer es un presupuesto incuestionable. Es más, esta igualdad es condición imprescindible para la propia complementariedad. Ambos, hombre y mujer, participan de una misma naturaleza y poseen una misión conjunta: la familia y la cultura. De hecho, estudios psicológicos han demostrado que las semejanzas entre los sexos son muy superiores a las diferencias en cualquier tipo de variable “.

La celebración de la abrumadora igualdad entre hombres y mujeres es justamente el punto de partida que facilita acoger con alegría la diferencia sexual. Una diferencia que no separa, que no confronta, sino que compromete a los hombres y las mujeres, las mujeres y los hombres, en la construcción de un hogar y una sociedad humana, habitable, que sabe acoger y celebrar la vida en todas sus dimensiones.

Celebrada la igualdad, hay que buscar lo que Janne Haaland Matlary denomina “el eslabón perdido”, es decir, “una antropología capaz de explicar en qué y por qué las mujeres son diferentes a los hombres”. Además de determinar en qué consiste la diferencia, habrá que precisar qué tiene de cultural y que de permanente la condición sexuada, explicando cómo se armonizan igualdad y diversidad. En efecto, la diferencia es una realidad querida y presente desde el minuto cero: desde un punto de vista genético, todas las células del hombre (que contienen los cromosomas XY) son diferentes a las de la mujer (el equivalente es XX).

La superación de la aparente contradicción entre la igualdad y la diferencia, que late en el corazón de todos los debates del feminismo, es el carácter relacional de la persona. El amor es relacional: hombres y mujeres poseen cuerpos igualmente diferentes, diferentemente iguales, geográficamente abiertos a la entrega relacional. La diferencia, cuando convive en condiciones de igualdad, genera una relación de interdependencia mutua, que lo enriquece todo: la familia, el hogar, las relaciones humanas, el mundo laboral, la esfera política, etc.

En contraposición a un feminismo igualitarista radical, de confrontación entre los sexos, se puede construir, desde la ciencia y el humanismo, un feminismo de la complementariedad que genere una vivencia corresponsable en todas las esferas de actuación humana. Un mundo corresponsable en el que hombres y mujeres compartan y fusionen el cuidado y el trabajo, profesionalizando un hogar compartido y humanizando una sociedad de responsabilidades.